Cuando era un feliz infante, creía que Superman volaba gracias a su capa roja. Se me hacía más sencillo, supongo, creer en la magia de una tela roja que en la genética ultradesarrollada de un individuo extraterrestre, que cuando sus células reciben la luz solar lo dotan de habilidades extraordinarias. La fe antes que la ciencia.
Recuerdo que era una creencia común entre mis amigos. Éramos (y somos) más de Batman, porque es oscuro, psicológicamente más complejo, sin poderes pero con grandes habilidades. Eso lo veo ahora, claro. La duda sobre la capa acabó, un buen día, disipándose: alguna vez lo discutiríamos hasta llegar a la conclusión de que era absurdo que una capa hiciera tanto por un periodista. Y la ciencia se impuso a la fe.
