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Una miaja de cada
Encontrado en un foro, recomendado por Pablo. No necesita introducción.
Ciertamente, un árabe que no conozca el castellano nuinca podrá ser, con la Constitución y leyes actuales, un español. E incluso si lo domina deberá esperar diez años para nacionalizarse, mientras que cualquier iberoamericano, por el hecho de pertenecer a una -sentida- comunidad cultural e histórica de estados independientes ostentando la nacionalidad de uno de estos, solo tendrá que acreditar veinticuatro meses de residencia legal y continuida para solicitar su nuva condición. Por supuesto, no es casual que Península Ibérica se escriba, según recomendación académica, siempre con mayúsculas, signo del valor que se da a este apéndice geológico.
Un estado se legitima así con el sentimiento nacional de sus miembros, mucho más perdurable y asequible que cualquier motivación racional, sujeta a cambios y matices eternizadores y perfectamente sublimable (léase subsumible) en él. Por lo que los españoles nos dimos, quizá una vez más, una patria común en el texto primario de nuestra comunidad política, como referente emotivo. Por descontado, no había unanimidad, pero aún persise como base, (“fundamento”
de toda la arquitectura institucional que nos reconoce como ciudadanos.
Una arquitectura que no comienza en 1978, claro, sino en la evolución de una Monarquía que le era tan propia a Nápoles como a Castilla, a Aragón como a Brabante, y para la que a veces que utilizaba, informalmente, un nombre que en puridad compartió con Portugal hasta el primer tercio del siglo XIX. (Napoleón, de hecho, pensó en utilizar la emergente fuerza nacionalista que crearon los liberales para extirpar la presencia del Rey y el Trono como bases cardinales del nuevo tipo de estado -¡y hasta hoy!- juntando, emtre otros, a todos los “españoles” de ambas Coronas, tal como revela él mismo en su Memorial de Santa Helena).
La Nación indisoluble -aún más contundente que indivisible, colijo- no permite referendums particulares que minen esa condición. Si se admiten para colectividades cuya conciencia de si mismas puede diferir en grados o proporción con la generalidad de aquella, lo atribuyo a la realidad consumada de que la sensación de cerar una “comunidad imaginada”, cual son las naciones, sigue siendo hoy, como en 1789, la excusa perfecta para simbolizar la reunión de intereses prosaicos de todo tipo, pero también autorrepresentación precipitada por la historia, de siglos ha o creada en un instante feliz. O bien, más comúnmente, y como dicen en mi invadida, repoblada y orgullosa tierra, una miaja de cada.
de toda la arquitectura institucional que nos reconoce como ciudadanos.