El pasado miércoles (3 de junio) presentamos en sociedad a Jacinton Post, el proyecto fin de carrera que nos ha tenido secuestrados durante el último mes y pico. Hilarante presentación, precedida por felicitaciones y celebraciones en concordia. Pero la euforia escondía una realidad mucho más cruda, más cruel.
Lo del secuestro es literal: 24 horas al día dedicado a la web, con el tiempo libre justo como para perder la cartera (¡mi cartera…!). Y ahora, después de dedicarme en cuerpo y alma a Jacinton, dándole de comer, vistiéndolo guapo-guapo, soy yo quien lo necesita. Es una necesidad nerviosa, como la del fumador compulsivo que no encuentra un pitillo fumable ni en el suelo de un bar.
No publicaré nada hasta que tengamos el veredicto final de Paco, Luis y Miguel Ángel. A partir de ahí, no me hago cargo de mis acciones. Algo me pide que no dejemos morir a Jacinton en el cementerio de los proyectos. Ha estado vivo durante algunos días y ha funcionado. Puede seguir funcionando, aunque para eso tengamos que volver al garaje, rebajar nuestras expectativas y replantearnos parte del funcionamiento (con suerte, los miembros de Jacinton Post tendremos trabajo los próximos meses, trabajo “de verdad”).
Pase lo que pase, seguiremos informando.