Leo en elmundo.es que Pepsi podría haber copiado el logotipo a Barack Hussein Obama (más bien a su diseñador de cabecera). La noticia ha levantado tal polvareda que Peter Arnell, el encargado de la supuesta copia, ha tenido que enfrentarse a las malas lenguas, a los críticos mezquinos, descubriendo una realidad oculta hasta ahora: “Lo nuestro es una sonrisa y lo de Obama evoca un paisaje con el sol en el horizonte. Así que no tienen nada que ver”. Claro que no tiene nada que ver. Lo de Obama es un amanecer. Lo de Pepsi es una sonrisa. Lo de Pepsi es un ojo guiñando. Lo de Pepsi es una pluma. Lo de Pepsi es Moisés separando el Mar Rojo en dos (vale, una mitad le ha salido azul).
La compañía de refrescos estadounidense ha podido copiar su nuevo logotipo al de la campaña electoral de Obama. ¿Y qué? Pepsi es una copia en sí misma. Nació a finales del siglo XIX como Brad’s Drink para competir contra Coca Cola y, en pocos años, cambió su nombre a Pepsi Cola. Cola, Cola. Se ve la copia, ¿no? Cola. Vale. Basta mirar a las dos bebidas para ver que coinciden, más o menos, en el color. Incluso el sabor es parecido (vendrán los talibanes cocacolísticos a decirme que ni de lejos; la Pepsi se parece más a una Coca Cola que a un queso cabrales, eso es un hecho).
Además, no olvidemos que Pepsi utilizó a Enrique Iglesias como imagen publicitaria. No hay que ser un experto en música para reconocer que el hijo de Julio Iglesias es una copia mala de un cantante malo. Y no nos olvidemos de David Bechkam, que también prestó su imagen (con millones de dólares a cambio, que así presta cualquiera) a la compañía estadounidense. Bechkam es la mezcla de dos copias: la de un modelo y la de un futbolista. Y su mujer (¡ah, Victoria!) es la copia de una muñeca… de esas que necesitan aire para ser muñecas en su plenitud. Supuestamente. Por si acaso.
Copiar a Obama podría ser lo más decente que ha hecho Pepsi en los últimos años.
