Sumergido entre las sábanas, extendió su brazo derecho sobre la mesilla en busca del interruptor de la lámpara. Encontró primero las gafas. Se las puso. Palpó de nuevo la superficie del mueble. “Aquí está”. Clic. Clic-clic. Clic-clic-clic-clic.
Las gafas ya no le servirían para nada.