Miró su reflejo en el cuchillo: los ojos le brillaban como nunca. Puede que fuera por el propio cuchillo, de esos que anuncian de madrugada en la televisión, que cortan hasta latas por la mitad sin hacer ningún esfuerzo añadido. Empezó a cortar en juliana: chac, chac-chac-chac, chac, chac.
“¿Duele?”.